//Hace 37 años, fallecía un hombre bueno…

Hace 37 años, fallecía un hombre bueno…

Arturo Umberto Illia, figura emblemática de UCR, murió sin un centavo en el bolsillo.
Corría el año 1983, con escasos 18 años, ya me consideraba un antigua lector de la revista «Humor», a la que accedía de pibe en los populares negocios de cambios de revistas usadas, lo confieso: eran mis favoritas.
La forma cruda y exacta de pintar la postal política, a través de la paleta de colores de variados columnistas, el fino y exquisito humor negro, en el que ponían de manifiesto las contradicciones políticas, hacían de nuestras tardes de lectura, un verdadero placer.
Y fué en una de esas tardes en las que descubro un interesante editorial de Santiago Kovladoff, dedicado a la memoria de un gran Presidente Argentino, ejemplo de humildad y austeridad, de una moralidad intachable.
Hoy quiero compartirlo con todos Ustedes, estimados lectores de Infochivilcoy.com

Sergio Nieli

No fue un Churchill. Ni un De Gaulle. Ni un Adenauer. No fue un Irigoyen ni un Perón. No despertó el fervor de las masas ni en su palabra palpito la genialidad de un iluminado.

Con el no perdimos una personalidad deslumbrante. Ni un orador que nos cautivara. Ni una inteligencia sin par. Perdimos a un hombre bueno.

Solo quienes ignoran el sentido medular de esta palabra pueden subestimar lo que ella implica cuando es atributo de un estadista.

Una vez a los argentinos nos gobernó un hombre bueno.

Ello implica: un ser para quien sus convicciones personales jamás fueron dogma, ni el prójimo un instrumento, ni el despotismo, ni el gobierno en sí mismo un fin.

El país anda hoy sediento de virtudes elementales: justicia, honradez, paz, confianza, trabajo y libertad. Son formas de la bondad que es, en última instancia, la esencia del altruismo. Una vez lo argentinos tuvimos por presidente a un hombre bueno.

Si es hondo el deterioro de la República se debe a que la sustancia humanista de nuestra organización social se ha perdido. Deshecha por la frustración, ella parece haberse acercado como nunca a esa tierra de nadie y de nada que la Biblia intuyo bajo el nombre de Apocalipsis.

A las naciones se las predica con la conducta de sus gobernantes.

Roguemos que no haya cundido, entre los gobernados de nuestra Patria, el ejemplo de quienes la condujeron estos últimos años. Que no hayamos aprendido a asesinar para resolver nuestras discrepancias. A estafar, a mentir, a aterrar, a sobornar, a torturar y a negar nuestros actos.

Roguemos que cunda, en cambio, el ejemplo de hombres como el que ahora perdimos y que caben cómodamente en la palabra bueno.

Con el se fue un rostro transparente. Por lo tanto, un rostro excepcional en la Argentina moderna. El rostro de un hombre que nunca recurrió al lenguaje para estafar a quienes lo escuchaban. Que jamás hablo para ocultar sino para darse a conocer entero.

Hubo en la historia del país algunos estadistas a quienes es posible imaginar de pie y sin custodia en cualquier esquina de Buenos Aires, confundidos con la marea ciudadana.

Hombres entre hombres. El fue uno de ellos.

Todo en el remitía a las virtudes del ciudadano cabal.

A quienes trabajan y recorren las ciudades y los campos. A quienes habitan las casas donde no hay armas ni centinelas. A quienes desconocen la retorica, la soberbia, el miedo que emana de las acciones miserables y las mediocridades del lujo mal habido.

Entre los que gobernaron la Nación, hubo algunos a quienes es posible identificar con los gobernados porque fueron seres de su misma estirpe. El fue uno de ellos. Fue, como los millones que le dan forma al cotidiano del país, un presidente de todos los días.

Si como quiso el griego clásico, los muertos hablan a los vivos desde el reino de las sombras, pidamos que su voz no se aparte de la patria; que se haga oír y que respalde a los que aun creemos que la Republica es posible. Que nos alumbre para que sepamos qué no hacer, que no decir, que no creer, que no escuchar. Ya nos ocuparemos nosotros, bajo su aliento inspirador, de seguir luchando más y mejor por lo que sí cabe hacer, decir, creer y escuchar.

Y para que un día este suelo sea de contar al Dr. Arturo Humberto Illia entre quienes en el descansan en paz.

Santiago Kovladoff