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Junio 24, 2021

UNA ESTANCIA “A MIL MILLAS DE TODA TIERRA HABITADA” EL FRANCÉS JUAN LOUGE en General Alvear

Por la Docente, Historiadora e Investigadora Alvearense Lis Solé

UNA ESTANCIA “A MIL MILLAS DE TODA TIERRA HABITADA”  EL FRANCÉS JUAN LOUGE en General Alvear

Sin dudas no se puede hablar de franceses sin pensar en “El Principito” de Saint Éxupéry y recordar sus hermosas frases que entibian el alma. Una de ellas expresa la sorpresa del aviador cuando encuentra en un desierto nada menos que a un niño “a mil millas de toda tierra habitada”. Ese sentimiento de incredulidad es el que se siente cuando se recorre el paraje de “Santa Isabel”, tan inaccesible como bello donde uno se siente único en el mundo en el medio de la nada y del todo.

Dicen que si el dueño del campo valora la tierra, el nombre de la estancia refleja lo que la rodea y si es nuevo, “le estampa su nombre hasta en los quesos”. Así los explica Don Osvaldo Herro en su diálogo con Juan Cuello cuando en ocasión de “darle una mirada al pago”, comienzan a buscarle la explicación a los nombres de las estancias del paraje Santa Isabel situado en el Cuartel VI de General Alvear.

La zona es medanosa y poblada de cañadones, con lagunas eternas en medio de altos médanos que le dan un marco de pájaros y animales singular y entrañable, siendo Santa Isabel, un paraje soñado entre aves y aguas propias de los desbordes del Vallimanca, situación que aislaba constantemente a los lugareños y que ha provocado su emigración.

El campo de los franceses Luyé, originalmente se llamaba “San Pedro” devenido en “La Torre” por la atalaya que construyeron unos ingenieros cuando hicieron la triangulación del país, una armazón de madera sobre una loma que aún se destaca en la distanciai.

Casi todos los campos del lugar fueron habitados por inmigrantes españoles e italianos y si bien en Alvear no se reconoce la inmigración francesa, muchos apellidos actuales demuestran su presencia.

UNA HISTORIA DE DESENCUENTROS

Tal es el caso de Pedro Pucheu y Juan Louge (leer Luyé), franceses que llegaron a la hermosa tierra de Santa Isabel, apellidos que en el Catálogo de Mensuras de la Provincia aparecen, en 1877, como “Juan Lugé y Pedro Pucheu”, propietarios de más de cinco mil hectáreas.

Según los registros genealógicos, Juan Louge era francés, nacido en 1835 y a la edad de 40 años, estaba en Chascomús donde nació su hijo Pedro, en 1875.

En el libro “Los Gauchos del Cañadón”, Osvaldo Herro, -a través del paisano Rosario Navarro-, relata ricas y variadas historias de los habitantes del paraje y entre ellas la historia del francés Lougé y una hija natural, producto de un “arrime” con una empleada de la estancia que se mudó a Valdés sin avisar que estaba embarazada.

La hija se llamaba Laura y la madre, una curandera bastante temida en Valdés, partido de Veinticinco de Mayo, protagoniza una historia que vale la pena contar. El criollo Navarro cuenta que era amigo de Laura y que cuando ella fallece, una amiga en común, Eufrasia, le entrega una nota donde le cuenta sobre su padre y le pide que le lleve una carta.

UNA CONFESIÓN NO ESPERADA

El encuentro de Navarro con “el francés” es largo pero fundamental porque lo sitúa en la estancia y describe la casa, no quedando duda de que se trata del mismo campo y propietario.

El paisano Navarro llega con caballo de tiro orillando el Vallimanca donde pide trabajo para no levantar sospechas, ya que había prometido no decir nunca el nombre del francés.

El día del encuentro, dos horas antes de que saliera el sol, ya estaban todos esperando al patrón en la matera que entró “saludando a todos con respeto y acento francés, vestido con detalles de gusto refinado, de estatura mediana, pelo canoso, facciones finas” y … ¡ojos tan azules y extraños como los de Laura!

Una vez que se organizó el trabajo y el patrón salió de la matera, Navarro pidió hablar con él y ahí es cuando lo invitan a pasar a la casa cuya descripción coincide exactamente con la construcción actual. Ya adentro, Navarro le entregó la carta, hecho que originó un gran sentimiento al francés que se retiró a llorar en una tranquera cercana.

Los hechos que se recogen por testimonios orales no tienen una ubicación y tiempo definido, - aun cuando son contados de primera mano-, pero atendiendo a otros datos contextuales el encuentro tuvo lugar entre los años 1910 y 1915.

UN APELLIDO FRANCÉS ESCRITO DE MUCHAS MANERAS

El apellido Louge seguramente es el original pero la difícil pronunciación del francés, ha dado lugar a que aparezca escrito de muchas maneras dificultando su búsqueda genealógica.

En el plano de colores de Carlos de Chapeaurouge presentado en 1886, figura Juan Louge, lindero con el arroyo Vallimanca y con los campos de Francisco Arroyo Hernández, Basilio Salas y Marcelino Davel entre otros.

En 1910, y tal como se observa en el frente de la casa, su hijo Pedro Louge construye el actual casco de la estancia. Lo extraño es que en las dos puertas del zaguán de entrada se vea escrito sobre el mármol: “PEDRO LUYÉ” y no Louge, pero la lógica hace pensar que quién recibió el encargo de grabar el nombre lo escribió tal cual lo escuchó; lo más probable es que una vez que llegaron semejantes mármoles a tanta distancia los hayan igual instalado y tal como lo diría el inefable Principito, todo puede ser posible en el medio de los cañadones y “…a mille milles de toute terre habitéé”ii.

Edelberg confecciona un mapa en 1930 y la propiedad está a nombre de “Juan Luge”, y en mapas municipales dibujados en 1946 por A. Dilly, aparece primero a nombre de “Francisca Moyano” y en otro, se ve dividida en tres: dos con el nombre de “LOUGE” y una tercera a nombre de “Francisca M. de Louge”, los hijos y la esposa de Juan Louge.

LA ESTANCIA DE LOS LUYÉ

El campo estaba enfrente de “La Sofía” de Herro, hoy “La Adela” y en un principio la conocían como “Don Pedro” de Luyé. La casa es bastante curiosa: en medio de una hilera de piezas que rematan en una cocina y baño trasero, había un enorme zaguán que pasaba de lado a lado la casa con puertas altas y fuertes.

Uno de los hijos de Pedro, Juan, es el que continúa con la estancia con una superficie de unas 1.500 hectáreas. Francisca Moyano era la compañera de Juan Luyé, -hijo de Pedro, nieto del llegado a Alvear por 1870-, y tenía dos hijos de apellido Moyano que son los que aparecen en la sucesión Louge. Hasta 1946, la propiedad continúa a nombre de la “Sucesión de Francisca Moyano y Louge” y a partir de esa fecha, la compran los Barloqui.

Nicanor Barloqui y sus hijos mantuvieron el casco casi sin variantes, respetando la arquitectura de la construcción principal, de la cabaña de los animales, su matera y demás dependencias para los peones; los techos, las puertas, ventanas y carpintería de madera maciza, los colores de las paredes con sus ocres y naranjas combinando con el exquisito dibujo de los mosaicos calcáreos… Todo conserva sus características originales que permiten ver una casa tal y cual la describe el criollo Navarro cuando fue a entrevistar al francés Louge.

En “San Pedro” o “La Torre” todo combina y recuerda ese encanto e inefable gusto francés, con detalles ahora considerados objetos de lujo y admiración, donde la fortaleza del caserío refleja la decisión de construir “para siempre”. Los Louge decidieron quedarse en estas tierras alvearenses con

probadas esperanzas de vivir en un lugar de paz y trabajo, “a mille milles de toute terre habitée”, añorando las tierras montañosas del Bearne y el espíritu pastoril de su ascendencia vasco francesa.

Agradecimientos: Agradezco especialmente a Silvina Morichetti y su familia por ayudarme a recrear esta historia y sentir el amor hacia la hermosa tierra de Santa Isabel. Los planos, mapas y marcas todas gentileza de Martín Alba.

Imágen:

- Casa del francés Luyé o Louge en Santa Isabel, General Alvear, Buenos Aires.