Farmacias de turno
Octubre 11, 2020

Políticas del cuidado y ciudadanía biológica

Por Fernando San Rome Médico y diplomado en antropología social y política

Políticas del cuidado y ciudadanía biológica

Este artículo está dedicado a la memoria de todas las víctimas de la pandemia y en especial a todos los profesionales de la salud fallecidos por coronavirus. Todos hubieran merecido una mejor muerte y más respeto por parte de los irresponsables.

En el momento de escribir este artículo nuestro país contaba con 401 nuevos muertos, seguramente al finalizar habrá algunos más. El total de casos del día ha sido de 16.447. En Argentina contamos en total con 845.915 casos positivos y 22.226 fallecidos. Tenemos a esta altura una tasa de letalidad del 2,6%, aceptable comparada con otros países más desarrollados que el nuestro, aunque en ascenso por el número creciente de casos, la circulación comunitaria constante y la expansión de los contagios al interior del país.

La pandemia ha afectado a 188 países, la crisis es tan emergente que difícilmente haya tiempo para elaborar teorías conspirativas ciertas y comprobables.

El mundo tiene más de 36 millones de afectados y 1.056.768 de seres humanos fallecidos según el Center for Systems Science and Engineering (CSSE) at Johns Hopkins University, institución que prácticamente transmite el estado de la pandemia en vivo y al alcance de cualquier persona.

Ya la OMS calcula que un 10% de la población mundial ha sido infectada por el coronavirus o sea más de 780 millones de personas. Hay un subregistro de casos positivos y de muertes.

Todavía no hay certezas de cuando finalizara este drama sociosanitario, cuántos infectados habrá en total y lo peor: cuántos muertos más contabilizaremos en esos tiempos todavía poco precisos.

Solo la esperanza tiene sustento en la vacuna contra el SARS cov2, algunas líneas de fármacos que se están investigando en varios ensayos y la experiencia que se adquiere de la evolución de las formas graves de la enfermedad y se publican en los miles de artículos que existen desde diciembre del 2019 e informan a los profesionales de la salud y la comunidad sobre cómo manejarse con el virus, modos de trasmisión y propagación del mismo y cómo se debe proteger a la población y a los técnicos que deben cuidar a los pacientes. Es notorio que la pandemia sorprendió a todos los sistemas de salud por sorpresa y los puso en jaque, en algunos casos desbordando la capacidad operativa, saturándolos y generando más crisis y mortalidad.

En todos los trabajos científicos serios, que no probaron muchos beneficios de algunas drogas conocidas como la cloroquina, hasta ahora se sabe que solo la vacuna tendrá

un efecto positivo y en corto tiempo (se verá…), el efecto favorable de la dexametasona, ya se desalienta el uso de remdesivir y el plasma de convalecientes; pero en lo que todos los expertos del mundo concuerdan es que sólo son efectivas las medidas de distanciamiento físico/social, el testeo masivo y aislamiento de los casos positivos, el enmascaramiento generalizado, proteger a los profesionales de la salud, el cierre de fronteras, la cuarentena y las fases restrictivas cuando el brote es imparable, la suspensión de clases y espectáculos públicos de concurrencia masiva como medidas más importantes. Los estados que han sido más inflexibles en cuanto a estas medidas han tenido mejor suerte, por eso es que se puede hablar del modelo chino de control o el liberal como en Suecia, Brasil Reino Unido o EEUU, en los cuales ya sabemos los resultados sobre todo si los medimos en letalidad. Esto es: modelo restrictivo y estado con políticas del cuidado o modelos cuya justificación es encontrar (casi imposible) la inmunidad de rebaño o de grupo en el cual el estado se desentiende del cuidado de la población. También sabemos que han habido idas y vueltas en estos países por lo que han tenido que dar marcha atrás dada la contagiosidad del virus sobretodo en grandes urbes o conglomerados, la propagación geométrica del virus y el colapso sanitario donde se experimentaron muchas muertes que se podrían haber evitado o disminuido, sobre todo en personas vulnerables, pobres, inmigrantes y personal de la salud.

Para cerrar esta primera aproximación, se puede poner como ejemplo lo que ocurrió en Nueva Zelanda en estos últimos meses, que junto a Vietnam, Corea del sur, Singapur, Finlandia, Uruguay, por mencionar algunos de los países más exitosos en administrar la pandemia, donde se destaca un estado que cuida a su gente, obediencia social y participación activa de sus ciudadanos. Un artículo de la revista Nature destaca lo que ocurrió en Nueva Zelanda, este titula: “Sentíamos que lo habíamos vencido” para explicar lo que le ocurrió a ese país después de 100 días libres de coronavirus. Con la aparición de solo 4 casos (el brote afectó en total a 179 personas) la población entró en pánico, se autoaisló, se cerraron las fronteras, volvieron a fase 1 luego de una normalidad casi habitual y todo con gran ayuda de los movimientos sociales compuestos por maoríes y un comportamiento ejemplar de la ciudadanía ante el pedido de confinamiento. Ayer luego de apenas un poco más de 45 días de ese brote local, se dio el alta al último infectado de COVID. Nueva Zelanda tiene desde el inicio de la pandemia 1864 casos y apenas 25 muertos. Esto demuestra que el éxito de una sociedad ante la pandemia se logra con un estado presente con políticas y economías del cuidado, confinamiento y principalmente con un comportamiento ciudadanos y comunitario ejemplar. El rol de la ministra de salud de ese país fue cuestionado por el presidente de EE UU, Donald Trump, hoy portador de Covid 19 y hace poco nominado para el Nobel de la paz, paradojas de este mundo al revés.

Ciudadanía Biológica

La modernidad moldeó un nuevo prototipo de hombre- mujer que debe ser sobre todo católico, exitoso económicamente, tener buena familia, blanco, cuidado hedonista del cuerpo, practicar la monogamia, no ser indígena ni esclavo, entre otras características y virtudes. Prototipo de ciudadano occidental. La era de la biomedicina, la biotecnología y la genómica dio nacimiento a otro tipo de ciudadanía: la Ciudadanía Biológica (Carlos Novas, Nikolas Rose, 2005).

Esta noción de ciudadano es una evolución de la misma desde el siglo XVIII hasta la actualidad donde se amplían los conceptos de ciudadanía social y política.

Estos conceptos de ciudadano, tenían una connotación nacional basado en los derechos de los mismos y en la inclusión de los individuos en la ciudadanía nacional, o sea, que si el individuo no cumple con ese patrón descripto puede no pertenecer al ciudadano nacional modelo, en ese contexto.

Desde la teoría política y los estudios culturales la nación es una invención. Según el historiador Benedict Anderson la nación se puede definir como una forma de imaginario social o sea que una nación es una comunidad construida socialmente, es decir, imaginada por las personas que se perciben a sí mismas como parte de este grupo.

Con el advenimiento del multiculturalismo ya es difícil definir la nación como una unidad homogénea y vincular a la ciudadanía con una esperanza de identidad nacional única.

La biología también intenta definir a los seres humanos, a las “razas”, especies, poblaciones y comunidades desde su perspectiva y ayuda a las democracias liberales a construir un individuo que forme parte de determinado estado nación. Estos conceptos de ciudadanía biológica van desde la eugenesia como modelo nacional de individuo que utiliza supuestos genéticos y que destaca el carácter, constitución, linaje, degeneración y pureza y fueron la base de la biopolítica del siglo XX desde antes de la aparición del nazismo; hasta el ciudadano biológico desde la óptica de los derechos humanos que difiere diametralmente de ese concepto anterior en relación a lo racial y genético.

Las normas actuales del cuidado de la salud implican prácticas de educación para la misma y uso de tecnologías que encarnan ideas de responsabilidades biológicas de los ciudadanos. Esta ciudadanía biológica tiene por momentos rasgos individualizantes y en otros momentos colectivizante o al mismo tiempo algo de las dos características. La responsabilidad del individuo tiene que ver con la administración de su cuerpo, el cuidado de sí mismo en lo referente a la salud, a lo que Nikolas Rose llama: individuo somático. La ciudadanía colectivizante agrupa individuos en que pueden manifestarse como antimedicina u otros grupos que apoyan la biomedicina promoviendo mejores tratamientos y mayores tecnologías que mejoren la salud, en síntesis: una

biociudadania que reclama por el derecho al acceso a los servicios de salud y hoy es el esquema imperante.

Tanto a nivel individual como colectivo lo que moviliza a la ciudadanía biológica es la política o la economía de la esperanza. La esperanza a encontrar soluciones y curaciones de las enfermedades. Esta es una gran herramienta terapéutica y hasta sirve para financiar proyectos científicos de biotecnología y farmacológicos (biovalor). Esto se demuestra en el aumento de las acciones en el mercado financiero de las empresas que fabrican e investigan nuevos fármacos y la vacuna para detener al SarsCov 2.

El temor a la enfermedad, a la muerte, a lo desconocido y la incertidumbre pueden generar desesperanza, desesperación y terror ante el futuro. Hay individuos o grupos que tomarán decisiones problemáticas y rehusarán identificarse con la comunidad responsable de ciudadanos biológicos. Este último es activo y ajusta su dieta, estilo de vida y hábitos con el fin de reducir el impacto que puede producir la enfermedad y maximiza la salud en respuesta a la susceptibilidad del cuerpo dependiendo los resultados de sus decisiones.

Evidentemente el estado ante la prolongación y la falta de contención de la pandemia ha puesto énfasis en la conducta responsable de la ciudadanía biológica y en conjunto con las políticas de cuidado para salvaguardar el máximo de personas de la muerte por Covid.

Aprendizajes post pandemia

Teniendo en cuenta el avance de la pandemia y su carácter imparable el deseo de mi parte es que deje algunas experiencias y aprendizajes, sabiendo que el ser humano nunca se superó y fue mejor después de las guerras o de las calamidades naturales. Digo naturales porque pienso que el origen de la pandemia es claramente biológico y su expansión y consecuencias dependen exclusivamente de los comportamientos sociales y prácticas políticas. Y hoy puedo reforzar la creencia del origen biológico porque recientes investigaciones científicas aseguran que la rubeola y la papera por ejemplo, son enfermedades virales que han saltado de los animales (ratas, canguros y burros y otras especies) al ser humano. Tal hallazgo fue publicado esta semana por la revista Science y reconoce que la salud de las personas está estrechamente relacionada con la de los animales y el medio ambiente.

La pandemia puede ser considerada un hecho social total, es decir: aquella situación donde se expresa a la vez y de golpe sobre todo tipo de instituciones: las religiosas, jurídicas, morales y económicas (Marcel Mauss). Agregaría que hasta ha influido en supuestos científicos y sus principios haciéndolos trastabillar más de una vez.

La irrupción de la pandemia ha generado nuevas subjetividades en las democracias liberales con nuevas implicaciones éticas y políticas. El individuo debe gestionar su salud y la enfermedad. Esta es la biopolítica neoliberal del ciudadano biológico contemporáneo. Las conductas de los individuos se manifiestan a través del gobierno indirecto de las personas mediante el control a partir de la información, la subjetivación y manipulación de los medios más allá de la intervención del estado.

Como ya nos trató de explicar Foucault, se trata de controlar las poblaciones más que los individuos.

Es evidente que algunos estados se apoyan en estas conductas individuales y si bien tienen un discurso del cuidado, ante la crisis económica y social, dejan en manos del ciudadano biológico el cuidado personal para disminuir los contagios y la amplificación de la enfermedad, lo que hasta el momento no ha podido controlar ni la pandemia, ni las muertes. Si el estado controla abiertamente las conductas de los individuos con el confinamiento riguroso en nuestras democracias liberales, pueden perder el apoyo popular, las críticas de la oposición política de los gobiernos de turno suelen ser despiadadas e incoherentes tildando dicho control de autoritario y que atenta contra las libertades individuales, priorizando la economía por sobre la salud colectiva.

Entonces la pregunta es si el estado debe ser implacable ante la pandemia y exigir el confinamiento restrictivo o solo intervenir si advierte que los sistemas de salud pueden estar amenazados por el colapso sanitario y el agotamiento de las camas de terapia intensiva o del personal sanitario, o colmarse las morgues de muertos ante la alta contagiosidad y el crecimiento geométrico de los casos nuevos de Covid.

No hay dudas de que este virus afecta sobre todo a los pobres y a los trabajadores, primero en los grandes conglomerados y grandes ciudades expandiéndose como una mancha de aceite hacia el interior de los territorios, favorecido por las aberrantes conductas de los ciudadanos irresponsables y la insolidaridad.

Creo que la principal enseñanza, a mi entender, que debería dejar la pandemia es que debe haber una reforma radical en los sistemas de salud del mundo como ya lo están diciendo algunos epidemiólogos y profesionales hasta de EE. UU, país que prioriza el mercado sobre todo, poniendo énfasis en lo público más que en lo privado.

En nuestro sistema de salud no tengo dudas que hay que esforzarse en esa trayectoria cuidando más a los trabajadores de la salud dotándolos de tecnología, recursos y mejor remuneración, evitando el multiempleo. Sin dudas en nuestras sociedades hacen falta más médicos y enfermeros, en general más trabajadores de la salud y un abordaje más humanizante de las instituciones sanitarias.

El estado debe invertir suficientemente para satisfacer esta demanda con el objetivo de que la próxima pandemia no nos tome por sorpresa y la concentración de la riqueza en

un puñado de personas se debe evitar y cambiar para distribuir ese excedente (parte maldita) en el resto de la sociedad. No puede haber un grupo de privilegiados que vivan en un castillo de cristal, mientras el resto de la sociedad mira apoyando la ñata contra el vidrio y hasta deseando ingresar a un mundo que nunca van a poder acceder porque no les pertenece.

El ser humano debe cambiar su destino incorporando nuevas subjetividades orientadas en las salidas colectivas, comunitarias y coordinando nuestras acciones en armonía con la naturaleza y protegiendo al medio ambiente, despojándonos de lo innecesario o suntuoso. Si no fuera así, el horizonte de la humanidad estaría perdido.