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Septiembre 11, 2020

Reposo eterno y la “muerte extraordinaria” (1) como elementos de construcción de un pueblo.

Trabajo de investigación histórica sobre Chivilcoy, del Profesor Juan Esteban Zanelli

Reposo eterno y la “muerte extraordinaria” (1) como elementos de construcción de un pueblo.

Cuántas veces pasamos por la puerta del cementerio y, quizá algunos, se hagan la señal de cruz, otros nada solo pasan. ¿Cuántas veces nos preguntamos por ese espacio dedicado al descanso eterno? ¿Cuántas veces nos preguntamos por la muerte en sí o los cambios que ello acarrea en la formación de un pueblo? ¿Cuántas veces nos preguntamos si esa Muerte Extraordinaria (como lo expresa Fontana), a la que se refiere con las epidemias y las pandemias en la historia, han hecho cambiar esos lugares e incluso, las ordenanzas municipales? ¿Cuántas veces realmente pensamos que alguien debata sobre esto en el Concejo Deliberante y hasta cómo se pueden elegir los terrenos o los inconvenientes que produce la cercanía o alejamiento del ejido urbano en tanto a la salud pública?

                Realmente la historia del (los) cementerios de Chivilcoy es interesante, no solo por responder las preguntas anteriores, sino también en lo referente a los pequeños detalles que no solemos tomar en cuenta. Prácticamente asumimos que el cementerio simplemente ESTÁ allí y listo. Debates, negocios, corrientes de pensamiento y arquitectónicas como el higienismo. Las influencias que nos permiten reconocer también los estilos con que se construyeron las casas del pueblo… la mismísima diferencia social logra identificarse en esos lugares y, como mencioné, su historia en Chivilcoy es realmente muy interesante y como plus, algunos personajes o sucesos de que he hablado en artículos anteriores, hacen su paso por la enmarañada cuestión funeraria.

                Resulta que al  fundarse el pueblo de Chivilcoy allá por 1854 (ver artículo “La Pala que inició un pueblo), entre las prioridades a resolver se encontraban, la construcción de una sede administrativa para la municipalidad y para el juzgado de Paz, la capilla, la escuela y el cementerio. Por entonces los difuntos debían ser trasladados hasta la necrópolis de la villa de Mercedes. Por este motivo la traza original del pueblo de Chivilcoy, elaborada meses antes de su fundación, contemplaba destinar al cementerio un lote en el extremo sur de 150 x 150 varas*, asignándole en la zona de quintas con el N°78, fuera del radio urbano lindero a las quintas y próximo al camino real (hoy Ruta Nacional N°5)  que conducía a Bragado (básicamente donde luego se instaló el actual Barrio del Pito).

Para conocer alguna fecha estimada del uso de este lugar por primera vez, debemos observar el registro parroquial de difuntos, libro de actas donado por el vecino Francisco Silva, donde se puede observar  la fecha  5 de septiembre de 1854 (el cura párroco Roque Maceyra ya había solicitado a la diócesis en esas mismas fechas “bendecir un cementerio”), como el primer asiento del cementerio, sin aclarar el lugar donde se realizó el entierro.

En este momento me gustaría detenerme en una reflexión que muchas veces grandes pensadores se han hecho, desde ya no tenía intenciones de recolectar méritos en ello, pero se supone que al momento de morir, no existen diferencias sociales, a todos nos llegará ese momento antes o después, pero llegará como un vendaval imposible de parar, como el tiempo que pasa a pesar de que rompamos los relojes, simplemente ocurrirá seamos ricos o pobres, quizá sea en lo único en que todos nos parecemos, no obstante ello, en el mundo material, donde decimos estas cosas, no pareciera que las cumpliéramos y, si bien el cementerio debería ser justamente un espacio sin diferencias sociales, la realidad nos muestra que ya existían desde su creación. En la época mencionada, los aranceles eclesiásticos ya fijaban el valor de la licencia para sepultar personas desde los 8 años en adelante en $ 100 y los de menor edad, $50 y “la gente de color y de servicio pagarán siendo adultos $50”. Esto de acuerdo al decreto rubricado por Monseñor Miguel García, Provisor Vicario Capitular y Gobernador del Obispado, aprobado a su vez por el Ministro de Gobierno Ireneo Portela.

Pero aunque esto pareciera ser suficiente, recordemos que la zona era rural, había animales que libremente caminaban y pastaban y ello introdujo un serio problema algunas veces, por lo que se sanciona o prohíbe podemos comprender las cosas que pasaban. En la sesión del 1º de agosto de 1856, la municipalidad acordó reparar con urgencia la zanja que circunvalaba el cementerio debido a la intromisión de animales en el predio. Lo cercaron colocándole postes de sauce y alambre (aunque el alambre realmente entraría en nuestro país en forma masiva posteriormente en la presidencia de Sarmiento), ello trajo consigo otra consecuencia, a fin de mantener el lugar limpio, custodiar la plantación de árboles y designar el sitio de las sepulturas se contrató a un sepulturero pagado por la Municipalidad.

A pesar de todo ello, aunque el cementerio estaba administrado por la municipalidad, la iglesia demostró tener injerencia en este ámbito como lo prueba que en abril de 1861, el municipal Carlos Fajardo (recuerden que hablamos de él en “Un uruguayo perdido en Chivilcoy”, masón y promotor de los comité pro Italia para ayudar a Giuseppe Garibaldi) informó en sesión municipal sobre los resultados de la reunión mantenida con el cura Boeri en relación al cementerio y a las tareas del sepulturero, quien debía cuidarlo y llevar un registro de las sepulturas según plano e instrucciones.

Pero como ocurre siempre, el modo y estado del cerco demandó reuniones y años de solución. Para octubre de 1862, se llamó a maestros albañiles para ver si podían construirlo con pared francesa y en enero de 1863 Federico Soares, solicitó examinar el contrato celebrado entre el maestro albañil y la Municipalidad ya que se había observado en el cerco que algunos pilares fueron construidos excesivamente gruesos y además con material de muy baja calidad.

 

Como se imaginarán, el cementerio carecía de calles y no tenía diseño interno; razón por la cual se sugiere solicitar a la Municipalidad de Buenos Aires el Reglamento Interno del Cementerio y se autoriza a Soares a levantar un plano y delinear las calles (por ese entonces solo existía en Buenos Aires el Cementerio de la Recoleta, debería atravesar una epidemia para que se inaugurara en 1873 el Cementerio actual de la Chacarita).

Es bueno, o por lo menos a mí me gusta, ver algunas rarezas que hoy solemos ver como cosas que no podrían pasar. Para esos momentos también se tomaron medidas para mejoran las condiciones de las sepulturas, como prohibir que los difuntos sean trasladados sin el cajón (¿raro hoy no?), informando a los vendedores de féretros y bajo pena de una multa a los alcaldes. También es en esos momentos en que se adaptan los carruajes para el traslado de cadáveres, esos carruajes negros, grandes y tirados por cuatro caballos que aun se pueden ver en el Museo de Luján.

Y antes les hable de la Muerte Extraordinaria, en el verano de 1868 el joven pueblo fue conmocionado por la epidemia de cólera, que provocó un descenso del 10% de una población de aproximadamente diez mil habitantes, en el término de dos meses. Ante esta situación, se tomaron drásticas medidas sanitarias, entre ellas, apartar en el cementerio un área de sesenta  varas de ancho hacia el noroeste para enterrar exclusivamente a los muertos por la epidemia. El cementerio crecía y, a pesar de las muertes de ese año, la población también lo hacía, es por ello que en agosto se expresó por primera vez la necesidad de buscar un nuevo emplazamiento para el cementerio y se nombró una comisión, que incluía al agrimensor municipal.  Era condición esencial que el nuevo sitio estuviera más alejado del centro del pueblo. Esta preocupación es muy lógica si tenemos en cuenta que en 1869 Chivilcoy alcanzó a tener una población de 14.232 habitantes. Por ello, entre fines de 1869 y principios de 1870 se accedió a una nueva ampliación de la necrópolis hacia el sector sudeste con una pared del mismo alto y espesor de la existente; la colocación de un portón de hierro y la construcción de una habitación con destino a reconocimiento de cadáveres.

Pero en 1873, como se mencionó antes, un nuevo brote de cólera asoló a toda la provincia, por lo que se proveyeron diez fanegas de cal para el lazareto y el cementerio y se prohibió al sepulturero enterrar cadáveres a menos profundidad que dos varas, debiendo colocar una capa de cal encima del cajón. Esto generó que en agosto de 1874, el Intendente Mugica comenzara un debate “acalorado” en relación a la necesidad de la construcción de un nuevo cementerio, pero otros intereses, como el mantenimiento de las calles y el desbarrado de las lagunas dentro del pueblo impidieron su ejecución.

En 1882, cuando el pueblo ya iba recorriendo el camino para transformarse en ciudad, se convocó al Ingeniero Julio Süffert, quien realizó un nuevo plano de la ciudad y el urbanismo que sería necesario para la implementación de los avances tecnológicos que vendrían después. El plano, hasta 2014 se encontraba en exhibición en el Museo de la ciudad, hoy realmente no sé si sigue estando, se sitúa el cementerio de la siguiente manera: el frente está a 35 varas de la línea de la calle de circunvalación 69A (22 de Octubre) y se ingresa a través de un portón a una calle central que se prolonga hasta el contrafrente ubicado a 25 varas de la calle Nº 73 (Padre Zacarías). A los lados los límites son la calle 64A (Laprida) y la calle 68A (Avda. Avellaneda). Süffert señala además el frente y aproximadamente un cuarto del paredón perimetral que da a la Avda. Avellaneda ocupado por nichos y nuevamente la desigualdad se ve en este mundo aun cuando las personas dejaron de existir.

Aquí me gustaría contarles algo de lo que pocas veces se habla y que está en nuestras vidas desde entonces. La segunda mitad del siglo XIX estuvo plagada de pandemias y epidemias, no solo en Buenos Aires o la Argentina, sino también en el mundo, vale mencionar que el sistema de Cloacas de Londres se planifica para estas mismas épocas y fue tras un brote de Cólera que diezmó a la población, entendiendo que la higiene era el mejor remedio, o al menos prevención, para los contagios de enfermedades. Es entonces que surgió la corriente Higienista que preveía, entre otras cosas, que los hoteles de inmigrantes o los hospitales se azulejaran hasta el techo para poder asearlos  con cloro rápidamente y para evitar superficies porosas donde moraran virus y bacterias. También fue por ello que se le dio suma importancia a la ventilación de las viviendas y oficinas públicas y hasta hoy logramos ver en las casas antiguas esos techos altos (también solución para soportar el calor) y los ventiletes que se ubican sobre las puertas, permitiendo que aun con las puertas cerradas la corriente de aire estuviera asegurada. Esta corriente higienista no solo se aplicó a los cementerios, hospitales y hoteles de paso, sino que enraizó en la arquitectura pública y en las mismas casas de los pobladores. Alguno alguna vez me consultó sobre las influencias en la forma de las casas antiguas chivilcoyanas… un poco la respuesta se encuentra aquí, otro tanto se los paso a contar.

Para la remodelación del cementerio viejo el diseño fue de corte popular proyectado por sus mismos constructores y albañiles, en su mayoría inmigrantes que traían consigo la cultura de sus países de origen (italianos y franceses). Ellos fueron los mismos que construyeron las casas.

Pero había que seleccionar el lugar del nuevo cementerio, por lo que a partir de 1881 y hasta la definitiva inauguración en 1893, se sucedieron una serie de cambios en la elección de quintas para la concreción de la empresa. Por ello, ya en mayo de 1881 la quinta Nº 439, propiedad de la Municipalidad, se postula para construirlo y para ello un cerco de material. En la elección del lugar participaron también el consejo o comisión de Higiene Pública que expresó ciertas condiciones de acuerdo al higienismo que antes mencioné.

Más tarde, el 3 de noviembre de 1893, el cura Andrés Iturralde accede bendecir el nuevo cementerio. La ceremonia de inauguración se había estipulado por decreto del 31 de octubre, para el 6 de noviembre a las 16.00 horas y su habilitación a partir del día siguiente.

¿Pero qué es lo que pasó con el espacio que ocupaba el cementerio viejo? En 1928, por decreto municipal, el terreno de la antigua necrópolis debería ser convertido en plaza pública a la que se denominaría Italia y en julio de 1931 el comisionado municipal Dr. Pedro Uslenghy  ordenó la demolición de nichos y bóvedas. Hoy en día, además de la Plaza Italia, en el centro de la antigua necrópolis, se ubican la Escuela de Educación Primaria N°33 y la Escuela de Educación Secundaria N° 8. Pero no sólo esa manzana es parte del antiguo emplazamiento.

Pareciera increíble, pero aunque incluso en el siglo XXI nuestros ritos han vuelto a cambiar (hoy en día solemos cremar o pedir ser cremados, evitando un sitio de culto, existen varias investigaciones sociales que lo han estudiado),  no solemos pensar al pasar al lado de un cementerio, que algo tan repudiado e inevitable como la muerte, o esa Muerte Extraordinaria como experimentamos con el COVID-19, pueda modificar nuestras ciudades, nuestras casas, nuestras culturas e incluso lamentablemente, ser objeto de algunos negociados.